Por qué no debes obligar a tu hijo a compartir

El aprendizaje de dar y recibir llega de la mano del propio desarrollo infantil

“Hasta los cuatro o cinco años los niños pueden no estar preparados para compartir”.  Antes de esta edad los niños viven el mundo de una manera egocéntrica, en la que todo pasa desde su propia vivencia y perspectiva. “El sol sale porque ellos se levantan; si quieren algo, automáticamente es suyo. De hecho, la palabra ‘mío’ suele ser una de las preferidas y más repetidas”. No hay una fórmula mágica para adelantar el desarrollo infantil, al igual que terminan caminando, hablando o pintando, también aprenderán a compartir. Tenemos que tener en cuenta que los niños pequeños aún están en las primeras fases del neurodesarrollo, “lo que quiere indicar que su cerebro aún está en evolución y nociones como la empatía o las habilidades sociales no existen o son extremadamente rudimentarias”. Y, además, para el niño es beneficioso ser “egoísta”, porque en un entorno natural, de eso dependería su supervivencia. “Pensemos en los pollitos en el nido demandando todos comida; es cruel, pero ahí ninguno ‘piensa’ en compartir, porque les va la vida en ello”, cuando empiezan a aumentar las interacciones sociales con sus iguales, lo acaban haciendo naturalmente.

La presión de intervenir

Es imposible no sentir la presión de esos ojos que te miran y se preguntan por qué no estás actuando. Esa abuela que te mira y se pregunta cómo es posible que no te hayas lanzado al arenero a obligar a tu hija a que le preste la pala a su nieto, que llora desconsolado por el tesoro. O ese otro espectador que al rato se pregunta por qué no haces algo por tu hija cuando reclama el juguete que tiene el otro niño de enfrente. La vida de parque es frenética. Los adultos solemos llevar el conflicto infantil al plano de los adultos y lo convertimos en un problema mayor del que es. Habitualmente cuando un niño no quiere compartir y sabemos que por edad no está preparado para ello, pero aun así hay otras familias mirando, sentimos la presión de intervenir.

Ante situaciones como las anteriores, podríamos preguntarnos qué haríamos si no nos importase lo que fueran a pensar los demás de nosotros como madre o padre. Algo aplicable al resto de asuntos relacionados con la difícil tarea de la crianza de los hijos. “Si dos niños de menos de cuatro años quieren el mismo juguete y solo hay uno, no podemos pretender llegar a acuerdos de tiempo, por ejemplo, un ratito cada uno, o acuerdos de justicia, como por ejemplo ‘es que tú ya tienes este otro’, porque no lo van a comprender”, lo que debemos hacer es “Desviar su atención a otro punto, introducir otro juguete o cantar una canción suele funcionar mucho mejor que explicar a dos niños de tres años la importancia de compartir”.

 

El papel del adulto

El aprendizaje de compartir llega de la mano del propio desarrollo infantil. El juego pasa por diferentes fases, y es entre los cuatro y seis años cuando aparece el juego cooperativo o colaborativo, “en el que el interés de los niños ya no pasa por jugar solos, como ocurría anteriormente, o incluso por estar cerca de otros niños pero realmente sin cooperar; ahora disfrutan de la compañía de los otros niños, de las reglas en el juego y de tener que coordinarse y ponerse de acuerdo para que todos estén bien”. Es en este momento en el que se pueden comenzar a trabajar habilidades como la empatía, el compartir y la cooperación frente a la competición.

¿Podemos hacer algo para favorecer ese aprendizaje? La mejor manera de enseñar un nuevo aprendizaje es mediante la imitación. Si en nuestra casa compartir es un valor que practicamos de manera activa, es más probable que ellos lo reproduzcan”. Y de nuevo aplicable a otras muchas parcelas de la crianza y la educación de los hijos. Porque si nosotros les insistimos una y otra vez en que deben compartir pero nunca actuamos así, se produce una disonancia cognitiva entre lo que decimos y lo que hacemos. “Si en casa a la hora de cenar papá tiene su sitio en el que no nos podemos sentar; mamá tiene su champú, que no se puede utilizar; los juguetes de su hermano mayor no se tocan, es muy difícil sostener que luego en el parque o en el colegio hay que dejar los juguetes a los amigos porque hay que compartir. Si nosotros no compartimos nuestras cosas más preciadas tampoco podemos exigírselo a los niños.

En cuanto a nuestra intervención ante un conflicto, siempre es recomendable dejar que los niños intenten resolverlo por sí mismos, de manera autónoma, ya que desde nuestra perspectiva adulta siempre es más difícil interpretar toda la situación. Solo somos necesarios si ha escalado la violencia y van a agredirse o dañarse: “En ese caso podemos ayudarles a gestionar su conflicto, pero siempre recordando que es algo entre ellos, nosotros no tenemos que dar la respuesta correcta, sino facilitar que entre los propios niños lleguen a acuerdos. Para ello, lo más recomendable es no sacar nuestras propias conclusiones, sino facilitar un espacio en el que ellos se puedan expresar, escuchen al otro, saquen su propio aprendizaje y puedan llegar a un acuerdo. “Tenemos que dejar a un lado nuestra visión adulta, ya que los acuerdos a los que pueden llegar a nosotros nos pueden parecer injustos, pero si a los niños les funcionan y sirven para continuar con su juego, no podemos primar nuestra visión adulta, exterior y desconectada de su vivencia infantil”.